Una cartera de inversión a 100 años: por qué los family offices piensan distinto
Una cartera de inversión a 100 años: por qué los family offices piensan distinto
¿Qué cambiaría si supiéramos que una cartera debe durar 100 años? La respuesta es clara: casi todo. Mientras muchos inversores optimizan para horizontes de tres a cinco años, los family offices construyen carteras pensadas para servir a varias generaciones. No se trata de proyectar rendimientos a un siglo vista, sino de diseñar una arquitectura capaz de resistir recesiones, cambios de régimen, inflación estructural y transformaciones geopolíticas profundas.
En un horizonte centenario, la volatilidad de corto plazo es ruido; la pérdida permanente de capital es el verdadero riesgo. La inflación se convierte en el enemigo silencioso, capaz de erosionar la mayor parte del poder adquisitivo a lo largo de décadas. Por eso la exposición a activos reales —infraestructura, inmobiliario, materias primas— no es táctica, sino estructural. El objetivo no es maximizar retornos nominales, sino preservar y aumentar el poder de compra real de la familia a lo largo del tiempo.
La iliquidez, lejos de ser una limitación, es una ventaja competitiva. Sin la presión de rescates trimestrales, el capital paciente puede capturar primas adicionales en mercados privados, invertir con disciplina y esperar el momento adecuado. A ello se suma una diversificación que va más allá de clases de activo: incluye sistemas legales, marcos políticos y regiones, entendiendo que el poder económico cambia con el tiempo.
Finalmente, el mayor desafío no es seleccionar activos, sino sostener la disciplina cuando cambia la generación. Documentar la filosofía de inversión, formar a los miembros jóvenes y mantener supervisión externa son pilares esenciales para evitar que la estrategia derive en persecución de rentabilidad a corto plazo. Porque, vista a lo largo de un siglo, la riqueza no es solo un número: es una responsabilidad intergeneracional.
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